Poéticas de laboratorio. Sobre prácticas artísticas de código abierto

La semana pasada asistí a la primera sesión del grupo de discusión dedicado a “La estética y la teoría de las artes en tiempos de las redes globales”, perteneciente al ciclo “Poéticas de la conectividad” realizado en Medialab Prado y coordinado por Juan Martín Prada. Tal como les comenté allí al resto de compañeros, valoro mucho la iniciativa ya que existen muy pocos espacios para la reflexión sobre estos temas en los que podamos hablar con otros profesionales sobre inquietudes afines. Es de agradecer y espero que pueda continuar en el tiempo como una de las líneas de investigación imprescindibles para el análisis y desarrollo de las artes en la actualidad, las cuales se mueven por nuevos territorios metodológicos y disciplinares.

Para continuar la conversación en la próxima sesión, se nos ha animado a que escribamos unas líneas donde propongamos temas que nos preocupan o contar algún proyecto a partir del que plantear algunas cuestiones. Es aquí, por tanto, un buen momento para pensar y decir algunas cosas sobre una investigación que llevo desarrollando desde hace unos años y que ahora se ve cristalizada, de alguna manera, a través de un proyecto de comisariado en el que estoy trabajando. Se trata de un proyecto expositivo con el que pretendo realizar una aproximación a lo que vengo denominando como prácticas artísticas de código abierto. Para ello llevaremos a cabo una exposición que muestra un caso de estudio de este tipo de prácticas, acompañada de una serie de actividades paralelas, y de un archivo en proceso que recoge toda la documentación ofreciendo a su vez un marco teórico. La propuesta ha sido apoyada por el Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla (ICAS) y tendrá lugar el próximo mes de septiembre en el Centro de las Artes de Sevilla. Uno de los aspectos que considero más destacables de la propuesta es que los proyectos que se exponen son los desarrollados durante una residencia artística que realizamos un grupo de personas en el hacklab Nuvem (Brasil) en 2012. Siendo de especial interés porque esto hace que la exposición sea más la muestra de un todo orgánico, de lo que fue aquella experimentación y aprendizaje en colaboración, y no la agrupación de una serie de obras individuales. Podría decirse que se traslada la experiencia, dejando claro que lo importante es ese espacio de relación y no los proyectos en concreto, ni tampoco los resultados presentados en las instalaciones sino los procesos de creación. Las inquietudes con las que nos encontramos entre los trabajos de la muestra giran en torno a cuestiones como la transformación del sonido en imágenes y viceversa, otras maneras de generar energía eléctrica de maneras más sostenibles, las conexiones entre máquinas, cuerpos y naturaleza o el reciclaje de aparatos electrónicos para la experimentación con el sonido. El por qué y la manera en que llego a este contexto artístico es lo que intentaré explicar a continuación.

Tras licenciarme como historiadora del arte, trabajar en algunas instituciones culturales y ejercer como crítica de arte, me encontré ante lo que para mi era el principal problema del panorama artístico actual: el mercado del arte y eso a lo que llaman “arte contemporáneo”. A mi me interesaba el arte contemporáneo en la medida en que tenía claro que me interesaría por un arte que dialoga con mi tiempo. Pero, ¿encontramos ese diálogo en la mayoría de las obras de arte contemporáneo hoy? Con frecuencia no encuentro nada que me interesase demasiado y sin duda tenía que ver con el sistema de mercado del arte, el cual vive para sí mismo y es fiel reflejo de todo lo que no nos gusta de la sociedad capitalista, o mejor dicho, de lo que al capitalismo le conviene que sea el arte contemporáneo (caro, ensimismado, exclusivo, descafeinado, entumecido, autoreferencial, divertido, cool, superfluo). Así que decidí que este sería mi punto de partida, buscar aquellas prácticas artísticas que están fuera de todo eso y que recuperen el valor de lo artístico que permanece a lo largo del tiempo.

Para mi, y para mucha más gente, el arte es principalmente un método de conocimiento. No asociamos por tanto el arte a los objetos (materiales o no) que se producen, sino a los procesos que pone en marcha los cuales generan conocimiento. Si a partir de ahí me interesaron proyectos que hacían un uso social y creativo de las nuevas tecnologías es porque éstos están trabajando con las herramientas y las problemáticas que de manera transversal están presentes en nuestros días. No sólo en lo tecnológico, sino a través de esas tecnologías que nos facilitan el camino para transitar por diversas disciplinas científicas y humanísticas. Pero esto sólo tampoco definía el eje de coordenadas, era necesario además una ética, unos protocolos que garantizaran el buen funcionamiento de las cosas. De ahí que llegara al movimiento del software libre y la defensa de la libre circulación del conocimiento (fuera y dentro de la red).

Porque, a mi entender, tampoco se trata de hablar de arte e internet, o arte en internet. Creo que sólo podría hablar de un después de Internet. Y tendríamos que admitir que en ese “después de internet”, aunque no haya ni ceros ni unos, estamos todas dentro. Muchos de los comportamientos generados por las nuevas herramientas digitales se han contagiado a diferentes ámbitos de nuestras vidas, y muchas veces no se pueden analizar aspectos sociales o culturales sin tener en cuenta que va todo unido. Al principio puse en el foco de mi atención aquellos artistas y colectivos que usaban software o hardware libre, pero pronto me di cuenta de que lo importante era que éstos llevaran a cabo su trabajo según lo que conocemos como “filosofía del software libre” o ética hacker. De ahí que empezara a hacer uso de la denominación prácticas artísticas de código abierto para referirme a las prácticas que quería investigar, por aludir a todos estos aspectos que estoy mencionando.

Definir unas prácticas u otras por las herramientas o medios que utilizan me parece que no tiene mucho sentido. Las tecnologías, como nos comentaba en su conferencia José Luis Molinuevo, envejecen demasiado rápido, y en realidad el uso de una o de otra no es lo suficientemente significativo como para crear cientos de categorías en función de ellas. Ejemplo de ello sería ya desde el “videoarte” o el “net.art”, que en muy poco tiempo era una etiqueta con la que no se podían identificar los artistas que trabajaban con esos medios. Aún hoy en demasiadas ocasiones se continúa por esta línea y pienso que generalmente es sólo porque conviene a las demandas del mercado. En el enredo de las categorizaciones nos encontramos todas, no sin cierto descreimiento. Pero es también necesario establecer ciertos parámetros que nos ayuden a comprender lo que se está haciendo ya que nos afecta culturalmente a toda la sociedad. Ésta es una de las cuestiones que plantearía al grupo de reflexión, ya que es una de las dificultades con las que me he encontrado cuando he querido hablar de aquello que me parecía interesante. ¿Desde qué posición podemos hablar?, ¿se puede seguir haciendo historia del arte o crítica tal como nos la enseñaron? ¿qué es la teoría de las artes hoy? ¿por qué ante esta nueva situación la Academia sigue anclada en el pasado? ¿Por qué en otro tipo de espacios se dejan estos temas directamente de lado? Se hace cada vez más necesario actualizar y revalorizar esta labor teórica que seguimos necesitando, pero afrontándola de otra manera.

Con respecto al tema de la “estética”, pienso que la atomización del término en miles de “estéticas posibles” nos ha llevado a mucha confusión. La dificultad que encuentro en este sentido con respecto a las prácticas que analizo es, sin embargo, debido a que, tal como yo la entiendo, siempre se ha asociado la estética a la recepción de las obras y esto es un punto conflictivo en este contexto en el que me muevo. Si ese momento de la recepción por parte de un “público” no está tan claro, si a veces ni siquiera se da, ¿tenemos que prescindir de las cuestiones estéticas? En mi trabajo he incluido la categoría “poéticas de laboratorio” para describir las maneras de hacer y entender estas prácticas. Porque, como antes comentaba, en ellas el arte funciona como método de conocimiento y muchas veces dentro de los procesos que ponen en marcha estos artistas no se daría de igual manera la socialización de los resultados, ya que no siempre se daría “un espacio y un tiempo” para la apreciación estética tal como se viene produciendo con otras prácticas. Éste es un factor de suma importancia porque no se trata sólo de entender mejor estas prácticas o de encontrarles una etiqueta que nos conduzca a cierta actitud ante ellas. La estética está conectada a la “valorización” de los trabajos artísticos y esto lleva a su apreciación y sostenimiento. Es decir, que muchas veces el no tener las herramientas conceptuales o perceptivas para entender ciertos proyectos puede hacer que éstos no sean reconocidos y por tanto no se les apoye económicamente para su desarrollo. Este sería, por tanto, uno de los retos de la exposición que os presento aquí: tratar de sacar este ámbito artístico de cierta endogamia e intentar darlas a conocer, pero tratando que las personas entren en contacto con estos procesos creativos de manera más activa, participando de un intercambio de conocimientos. No podemos reconocer y legitimar aquello que no vemos o no entendemos, ni tampoco apreciar el bien común que nos ofrecen las prácticas artísticas cuando no entra en juego “un número cuantificable de espectadores”, lo cual sin duda está muy alejado de la idea del arte como un lujo o un entretenimiento.

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