Los streamings desde Tahir

“Sonido. Los cuerpos deberían encontrar su manera de marcar territorios distintos a través del sonido. Quizá las señales y los modos cuasi-primitivos deberían intervenir en la arquitectura sónica de lo urbano y crear un territorio post-geográfico.”*

Estas inspiradoras palabras de Alexandra-Odette Kypriotaki me animan a contaros un secreto: en ocasiones escucho streamings. Los abro y los dejo sonar. Muchas veces en ellos no se dice nada en concreto, simplemente alguien retransmite desde su teléfono y yo le escucho. Me gusta estar ahí. Aunque de alguna manera me parece una situación que tiene algo de reprobable. ¿Qué hago yo allí?, ¿en qué les estoy ayudando?, ¿por qué me gusta tanto su sonido? No puedo saber lo que es estar allí presente, no sé bien lo que está pasando, pero estoy ahí, muy cerca, a un clik. A mi no van a matarme, eso es cierto. Me protege la pantalla. Pero de alguna manera muchas estamos allí a través de ese sonido, que a veces se convierte en palabras escritas, que siempre es compartido, transformándose en un espacio común. ¿Se trata de un nuevo territorio post-geográfico?

Quizá estamos ante un nuevo hiperrealismo – telerrealidad – realismo mediático- esquizofrenia digital, en la que te avisan para cenar justo cuando el teléfono que retransmite se ha caído al suelo y no sabes si eso significa que a la persona que está detrás le están pegando o le han matado. Una vez fue a un amigo, pero yo no lo vi. No se puede estar donde no está tu cuerpo, pero si están tus sentidos y compartes el sonido de ese espacio se trata de otra manera de habitar. Escuchar es además mucho más íntimo que ver. A veces, simplemente, es sólo escuchar porque entre las carreras o el humo a penas puedes ver nada.

Nunca olvidaré ese momento en el que a través de twitter me llega un link de al-jazeera que me lanza a la plaza para asistir a un momento único, histórico, cuando anuncian la caída de Mubarak y la plaza empieza a sonar como lo que nunca antes había escuchado o sentido. Euforia y liberación (tahrir), desbordamiento. El estruendo fue poco a poco, ascendente, de persona a persona, más allá de aquella plaza. Recuerdo que lo dejé abierto, no podía apagar eso. La celebración duraría horas y yo quería ser parte de ella. En 2008 estuve un mes en el Cairo y, claro, la relación afectiva con esta revolución se hace especialmente intensa. Porque ya entonces no podía creer que la gente tuviera que manifestarse en los balcones de las casas y que lo normal era tener tres trabajos y ser muy pobre. Cuando Tahrir estalló la liberación nos afectó a todas como una onda expansiva llena de matices e ideas víricas. Ideas como “¿por qué no?” o  “somos mayoría”.

Recuerdo también que de las primeras cosas que se me vino a la cabeza era que seguramente muchas personas se besarían esa noche en esa plaza. Cuando estuve allí estaba mal visto hacer eso en público, incluso me llamaron la atención por ello. Las parejas tenían que ir hasta un puente para besarse mirando al Nilo. Aquella noche del 11 de febrero todo el mundo les miraba manifestando sus reivindicaciones políticas y en el estallido de sus emociones.

*Una nueva zona temporal del ser (los griegos y la nueva psicodelia)

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