Yo ya no pienso sólo conmigo

Me encantan las terrazas, las ventanas, los áticos, los balcones, los miradores, las azoteas, esas zonas de las casas sin techo o con menos paredes. Suelen ser mi lugar favorito para estar y pensar desde que era pequeña. Cuando vivía en Londres, como no tenía terraza ni nada parecido, me subía al tejado y pasaba allí horas, cuando el tiempo (en sus dos acepciones) lo permitía. Afición a la que se sumó mi amigo Katonas, un griego loco y pintor que cuando se ríe suena en todo el mundo.

Pero ahora encuentro una dificultad, no estoy delante de mi ordenador y ya casi no puedo pensar sin Internet. Mi circuito neuronal se me ha quedado pequeño. Cada palabra o idea me da ganas de enlazarla en la red. Descubrir etimologías, relaciones, sucesos, opiniones, que me lleven a otras cosas. Ya no sólo me pasa cuando escribo, que desde luego no lo hago sobre papel o en un ordenador sin conexión a no ser que sea poesía. Es el propio proceso de pensar que se ha vuelto compartido.

Y no me refiero a las muchas conversaciones que se tienen por Internet, que es otra forma de pensar. Me refiero a reflexionar sobre un tema. Para eso necesito o deseo más datos de los que puedo almacenar. Podría usar el móvil, pero entonces dejaría de estar ahí afuera. Tendría que combinar mi entorno apacible con la frenética interface en miniatura. Y, no, perdería toda la gracia.

Es algo que nos está pasando, pero no digo que sea ni bueno ni malo. Muchos sin embargo sí comienzan a anunciar terribles catástrofes por estos cambios. Como Nicholas Carr en su libro Superficiales. Que, la verdad, para mí su actitud es como la de ese niño tonto de la pandilla que grita y señala con el dedo un peligro en mitad de una gran aventura. Desde luego es interesante el tema de la atención, que plantea sus dificultades para según qué cosas. Y está bien ser críticos y tener en cuenta los peligros de herramientas como Google, que habitualmente tiene el control de nuestras búsquedas, de nuestros circuitos, con todo lo que eso conlleva. Es cierto que se nos facilita tanto las cosas que puede que nos esforcemos menos en algunas acciones, pero eso no significa que nos estemos convirtiendo en unos imbéciles.

La cuestión es que esa pérdida de autonomía a la que él se refiere para mi no está tan clara, por el simple hecho de que no está tan claro qué o quién es ese auto o ese yo. Por tanto, el impulso de buscar las teclas no es otra cosa sino una tendencia natural a funcionar colectivamente, ya sea por vías dentro o fuera del cuerpo físico.

Llegaremos a no tener que utilizar tantos cacharros. Y pienso en el momento en el que tumbada de noche en mi terraza, mirando las estrellas y con la brisa en la cara, pueda hacer uso de un modo más sutil de esa mente y esos datos que sobrepasan mi individualidad.

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3 pensamientos en “Yo ya no pienso sólo conmigo

  1. El principio de este artículo, me eriza la piel, pero al defender la contínua conexión a la red, desaparece la emoción anterior y me hace pensar y por tanto dejar de sentir. Tú podrías escribir cosas que harían derretirse a los polos, sigo insistiendo en que lo hagas.

  2. Es más, me sumo a tus reflexiones y al menos en mi caso, me atrevo a afirmar que incluso mi pensamiento se está transformando creando nuevos “formatos” de pensamiento en 140 caracteres y cosas así.

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