Ir al cine

Lo que solía gustarme de ir al cine es esa extraña sensación al encenderse las luces de que conoces a todo el mundo en la sala. Una curiosa complicidad con los demás fruto de esa experiencia compartida, como de otra vida. No sé si sabéis a lo que me refiero, pero me sorprendió mucho conocer que mi amado Nietzsche* escribió algo muy parecido sobre la sensación que experimentaba tras un concierto de música. Supongo que tiene que ver con sintonizarnos por un rato en un mismo canal.

Es algo que también nos pasa tras situaciones extremas, como cuando te quedas encerrado unas horas en un ascensor con desconocidos o sucede algún tipo de altercado. De repente los lazos se estrechan entre los afectados, los muros caen precipitadamente. Surgen alianzas insospechadas para organizarnos, cooperar, y volver nuestra comunicación más fluida para ser más “eficaces” ante el desastre.

Aunque sea ficción, en el cine es un poco lo mismo. Pero sólo te quedas con cierto sabor… Enseguida despertamos a esta realidad y ese sentimiento fraternal con todos se va desvaneciendo como el humo de un café que pierde su calor. Muchas veces pienso: ¿te imaginas poder soñar con otros? Y hasta puede que lo hagamos sin saberlo. Ir al cine era un poco eso, aunque te despertaras con un extraño y apenas entendieras por qué te abrazabas a él.

Sin embargo, hace años que esto ya no me pasa. Ver una película en el cine se ha convertido en un auténtico suplicio. Por alguna razón se ha “vulgarizado” el espectáculo. Últimamente ya no disfruto de aquella sensación porque salgo corriendo para no escuchar los comentarios machistas o simplones de más de uno o estoy hasta el gorro de la parejita de delante. Y qué casualidad! justo ahora que escribo este post, me llega por twitter de la mano de mi amigo @rubendiaz esta noticia que como prueba irrefutable viene a certificar este malestar en las salas al que me estoy refiriendo.

Aunque es un ejemplo algo radical, podemos aceptarlo como parte de los síntomas de la crisis en el modelo tradicional de visionado y disfrute de las producciones cinematográficas. Y creo que una de las causas-consecuencias es el cambio de público en las salas comerciales. A ver, yo soy de ver pelis malas a veces (no como con los libros) porque quitan poco tiempo y estoy tan pervertida por una infancia televisiva que tengo la capacidad de consumir Macpelis y pasar un buen rato. Sin embargo no entiendo que, por ejemplo, en la mayoría de los cines de nuestro país se sigan poniendo las películas dobladas al español. En una ciudad como Sevilla a 22 de Febrero de 2011 seguimos sólo teniendo nuestro pobre cine Avenida. Y verlas en versión original se cobra el precio de enterarte a medias de la peli de la sala de al lado en sillones bastante incómodos.

No sé… ya no es lo mismo. De la calidad de la cartelera y los precios mejor ni hablamos. Por eso, también hace tiempo que nos hemos acostumbrado a buscar buen material por nuestra cuenta en Internet. Porque si algo tenían de ventaja las salas era el ser un entretenimiento colectivo y en que no había muchas más opciones, claro. Ahora las hay y lo colectivo sucede también en los espacios digitales. Ahora comentamos series, programas o documentales en tiempo real, es decir, justo cuando estamos viéndolos o acabamos de verlos “casi” juntos, dónde, no sé, pero aquella experiencia compartida con desconocidos sucede pero de otra manera.

*no me acuerdo donde lo leí, pero creo que fue en El nacimiento de la tragedia, mi edición es la de Alianza.

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