¿Jugamos?

foto_radarq.net

Over the game es la primera exposición de Game Art realizada en Andalucía y la principal aportación que ofrece es el haber escogido una serie de trabajos de relevancia internacional para compartir espacio, o “sala de máquinas”, con otros trabajos no tan reconocidos de jóvenes creadores andaluces. Una apuesta que ha sido del todo afortunada ya que al mismo tiempo se ofrece un marco de referencia sobre la temática en nuestra comunidad y por otro lado se incluye a las propuestas andaluzas en el circuito internacional de arte que hace uso de los videojuegos.

Pedro Jiménez del colectivo Zemos98 y Flavio Escribano han comisariado la muestra sabiendo muy bien las dificultades que suponía hacer un acercamiento a una nueva “disciplina” artística que si bien por un lado es muy atractiva para el público en general no siempre es bien entendida desde ciertos sectores del público habitual de las salas de exposiciones. Aquí muchos pueden sentirse algo perdidos, con mayor o menor entusiasmo, dependiendo de las ganas de experimentar y curiosear. Pero en cualquier caso consigue que nos sumerjamos en el mundo de los videojuegos, en el que es necesario mantenerse activo, leer algunas indicaciones y meterse en escena a un ritmo diferente.

Para ello, ha sido determinante la acertada escenografía realizada por el colectivo radarq.net que con una arquitectura basada en algorítmos materializada en tubos de cartón han logrado que la capacidad inmersiva de las obras aumente considerablemente. La vieja iglesia desacralizada se transforma para llenarse de la mística de los videojuegos, con un recorrido marcado por diferentes niveles que invitan a ser explorados. Recordando a Borges, quizá esto tenga algo de “juego dentro del juego” algo que provoca cierta inquietud y sorpresa al no saber exactamente cuándo comenzamos a jugar.

El juego siempre ha tenido un papel central dentro de la cultura y el arte en general. También cierta metodología artística ha sido la base de todo juego. Hoy por hoy se convierte en objeto de estudio y toma especial interés porque aparece casi de un modo omnipresente en nuestras vidas tras haberse dado una fusión de lo lúdico y lo profesional con el uso masivo del ordenador personal. Es, por tanto, dentro de la cultura digital que los (video)juegos adquieren una importancia renovada, siendo destacable su capacidad pedagógica tan necesaria en una sociedad que incorpora constantemente nuevos conocimientos.

Recientemente los videojuegos se han constituido de manera oficial como industria cultural. Y parece que algunos comienzan a darse cuenta de que todo su capital creativo, tecnológico y social no puede quedar en manos de intereses exclusivamente comerciales. Surgen así iniciativas para potenciar otros usos y desarrollar otras potencialidades que dan apoyo a prácticas que se viene dando de manera espontánea e intuitiva sin el respaldo de la industria y que, en última instancia, no es más que la manera que tienen los usuarios de apropiarse y subvertir un medio con el que poder expresarse y participar en la construcción del imaginario colectivo.

En la exposición se pueden identificar básicamente dos líneas de trabajo: por un lado proyectos que ponen el acento en la experimentación y el desarrollo tecnologías; y por otro, trabajos que utilizan este medio como una herramienta más para generar un discurso crítico. En ocasiones lo tecnológico y lo conceptual se entrecruzan produciendo obras de alto valor poético como In the name of Kernel! Song of the Iron Bird del barcelonés Joan Leandre, una de las piezas de mayor reconocimiento internacional, situada en el ábside central consigue hipnotizarnos con sus imágenes hackeadas del Flight Simulator. Un efecto parecido produce la proyección de S-2211 de los sevillanos Daniel Franca y Enrique Colinet en la que se recrea el sótano de la Facultad de Bellas Artes de manera distópica y misteriosa. Estrecho Adventure de Valeriano López es una de las obras que mejor representarían el uso crítico de los videojuegos, su reflexión acerca de la problemática de la inmigración se nos presenta a modo de corto y se ve enriquecida por la inclusión de una entrevista en la que nos cuenta el proceso de creación a mediados de los 90. The Croopier de Abelardo Gil-Fournier con su archivo de micro-videojuegos pone en jaque el sistema de información global altamente manipulado y frente al que poco podemos hacer. Otros proyectos como Amy del  alemán Michael Schuon salen a la calle para interactuar con formas de arte urbano como el graffiti. En una deriva por la ciudad se van recogiendo formas y diseños tomados del street art para luego utilizarlos como base del videojuego. Se echa en falta algún tipo de taller en el que poder aprender y hacer más partícipe al público con algunos de estos proyectos durante los meses que permanece abierta Over the game.

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