paisajes y retratos en 35mm



Mark Lewis. El cine de lo cotidiano.Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.

Para todo aquél que sabe disfrutar de lo que el cine ofrece, lejos de las historias o los personajes, de lo que realmente fascina y permanece en el recuerdo; esos detalles que son capaces de propiciar la reflexión o provocar sensaciones y que se escapan de las palabras o la despistada mirada de cada día. Tiene la oportunidad de encontrarse con unas videoproyecciones que han sabido desnudarse de todo menos de lo imprescindible.

Con esta exposición de Mark Lewis, que ofrece el CAAC desde el 13 de diciembre, tenemos un buen ejemplo de las formas alternativas que se dan hoy para el medio cinematográfico, una vez que se libera de los condicionamientos de la industria. El autor canadiense, en línea con el cine independiente, siempre ha preferido centrarse en los aspectos más ignorados por las grandes pantallas. Sin embargo su propuesta va a diferenciarse de la de sus antecesores de los años 60 y 70 en que sí pone en marcha todo el aparato de rodaje y la complejidad de sus recursos, en la medida que su acción independiente se lo permite. Como sucede en muchas ocasiones, su manera de llevar a cabo una idea se ha visto delimitada por los recursos disponibles para su realización. A mediados de los noventa se pasa de la fotografía al cine y comienza a rodar cada obra en una sóla bobina de 35mm siendo cada pieza de 4 minutos de duración. Una aparente desventaja que se convierte en punto de partida para encontrar soluciones aún más creativas e interesantes, ya que ha continuado con ese formato hasta el 2005. Vemos así como el cine se expande y abre nuevas vías al rebelarse contra lo establecido.

Lewis se sirve de los recursos del medio y la sofisticación técnica que ha aportado su digitalización para realizar unos paisajes y retratos que, en el ámbito de la imagen en movimiento, continúan la estela del arte convencional. Tal cómo el mismo ha referido y podemos leer en el magnífico catálogo editado por la FACT de Liberpool, sus películas tienen una marcada intención de dialogar no sólo con las grandes obras de la pintura si no también con el cine desde sus cominzos, especialmente cuando éste se ensimismaba ante cualquier movimiento. Su explícito deseo de “deconstrucción” de la historia del arte nos pone en referencia para entender unas imágenes que no por casualidad las encontramos hoy proyectadas en las blancas paredes de un centro de arte.

Al romper con convencionalismos vinculados al medio en su fórmula más comercial, trabaja con la imagen en un ejercicio de abstracción impecable. Es evidente un esfuerzo por quedarse con escasos elemento, los que más sugieren y que al mismo tiempo son más olvidados habitualmente. Esa depuración visual que despoja a las obras de lo superfluo para seleccionar sólo lo que verdaderamente hace funcionar cada plano conecta directamente con el modo de proceder de artistas como Donal Judd o Rauschenberg cuando actuaban bajo las premisas de lo que se llamó “mínimal art”.

Si nos fijamos en los títulos de cada uno de estos seis trabajos como: Downtown: Tilt, Zoom and Pan (2005) o Rear Projection (2006), nos damos cuenta de una necesidad de posicionar a la técnica al mismo nivel que el contenido como siempre se ha venido haciendo en los “viejos medios”. En las piezas de Lewis recibimos la mirada computerizada de una cámara que ve, permitiéndonos analizar un entorno cercano pero desfamiliarizado. Son obras en las se retrata personajes “objetualizados” y se representan paisajes convertidos en “sujetos”. Beben de la tradición clásica de comienzos de la modernidad y a su vez continúan el camino de renovación emprendido por los nuevos medios a finales de esa modernidad que se transformaba. El reto estaría en combinar esa herencia sin dejarse paralizar por ella.

El proceso de filmación es bastante eleborado, pero prácticamente las obras se configuran en planos únicos, o que pretenden parecerlo, tras un riguroso trabajo de edición. Tanto la puesta en escena como el diálogo establecido con la tradición pictórica lo ponen en relación con otros artistas como Bill Viola. Aunque son evidentes las diferencias tanto en su modo de expresión como en intereses temáticos. Aunque Viola es mucho más teatral, sin duda comparten técnicas con las que parece inevitable encontrarse cuando se trabaja en este medio. La relantización del movimiento que ambos emplean, unida a la repetición continuada de las proyecciones en sala, nos envían directamente a una nueva percepción de la línea del tiempo. En el caso de Lewis es aún más acusada la sensación de circulariad suspendida en un tiempo distinto debido a la corta duración de cada trabajo y la ausencia de dramatismos que conlleven una narrativa. Sus piezas nos seducen por su enigmático movimiento atemporal y unos espacios fuera de las miradas habituales, lo extraordinario de lo cotidiano.

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